AROMA MATERNAL

    El periodo de gestación va bien dicen los médicos. Tras hacerme una ecografía saben que soy varón y que no vengo de nalgas. Todas esas noticias alegraron mucho a mi mamá y lo celebramos dando un gran paseo. Me alegraba cuando sentía que ella era feliz. Me hablaba con más ternura de lo habitual y con sus manos acariciaba su vientre y me cantaba las canciones que ella aprendió de niña. Su voz era mágica. Oírla me serenaba. No deseaba que parara de cantar cuando lo hacía le daba unas pataditas y seguía hasta que se emocionaba y le afloraban las lágrimas. Llegamos a casa y el gato salió a recibirnos. No era habitual que lo hiciera. Desde que se quedó embarazada intentaba no acercarse mucho. Sólo venía miraba y se volvía a su lugar. Sabía que era unos momentos muy especiales. Nunca dejó de estar pendiente, aunque no se arrimaba tanto como antes para que le acariciaran.

    Los calores han comenzado antes de tiempo. Otros años se retrasaban hasta mediados de junio pero este año han comenzado en abril. La única solución es buscar lugares más frescos. Barrunto que esta noche será una de esas horribles que uno no puede descansar ni unas horas a nos ser que encienda los aires. Cada semana será peor según nos vayamos acercando al final de este maravilloso viaje. Aumentamos, mes a mes, de peso y eso hará que mi mamá se desespere al verse más gorda. La verdad es que ella siempre se cuidó mucho. Tenía una figura preciosa y estilizada de las que llamaba la atención, según decía mi abuelo era de las que paraba el tráfico. La verdad es que ella siempre agradeció los piropos pero eso sí no le gustaban las groserías. Mi mamá tiene muchísimo carácter o al menos eso dice mi yayo: “tengo una hija con unos huevos que ya quisieran muchos hombres”.

 

    Presiento que esta noche nos va a tocar jugar a la montaña rusa y eso me va a divertir. Consiste en cuando nos acostamos a mi mamá le empiezan a entrar las dudas cómo quedó el gas, la puerta de casa, la alarma, las ventanas y un sin fin de olvidos que hacen que nos levantemos muchas veces de la cama. Una vez asegurado todos los pendientes mentales comenzará los viajes al frigorífico para satisfacer los antojos. La lista sería interminable. Ahora entiendo porqué mi papá decidió cambiar su turno en el hospital al nocturno. Aunque ya han pasado unos meses la cara de mi papá refleja aún su enfado. No ha superado la sorpresa que le dio mi mamá cuando se le acercó brincando de alegría con la prueba de embarazo en la mano gritando: “¡estoy embarazada!”. Cualquier padre se hubiera alegrado salvo el mío. Invocó no sé a cuántos santos y se fue a la calle a darse un paseo. Desde entonces se le está cayendo el pelo y lo que es peor va dando forma a lo que el denomina su curva de la felicidad. Mamá para enojarle se la toca y le dice que van a dar a luz casi a la vez. Sabe que mi papá no lo soporta pero a ella le encanta hacerle rabiar. Él asegura, jura y perjura que va a volver al gimnasio para ponerse en forma. Mamá sonríe y duda que lo haga. Lleva tantos años que no va que difícil que vuelva. Pretende quitarse los kilos que ha adquirido. La verdad es que no supo canalizar su ansiedad ni su estrés de otra manera. Cuando ya no puede más amenaza con irse una noche de juerga con sus amigos. Mi mamá sonríe y le dice “la puerta ya sabes donde está y creo que llaves también tienes” lo dice sonriendo como si fuera una broma pero no lo es. Mi papá sonríe y hace que se va. Ella se acerca a la puerta y se la abre. Él sale y baja las escaleras. Se fuma un cigarrillo y sube. Ella sonríe cuando ve que regresa y se abrazan. Son una pareja feliz. Mi papá cada día va aceptando la realidad de que ya tiene que cambiar de coche y que su vida va a ser de otra manera. Cada noche le cuesta más dejarnos solos en casa para irse al hospital. La verdad es que ya deseo que llegue pronto la fecha en que me toque ver la luz. Creo que aún tardará un poco. La última vez que fuimos al médico le oí decir que sólo quedaba un mes.

 

    Como de costumbre nos quedamos solos en casa. Mamá se cansó de leer y encendió la tele. Como era habitual no había ningún canal que le gustara. Espetó su socorrida expresión “vaya cochinero”. Apagó la televisión y la luz. De pronto oímos mucho ruido en la parte baja de la casa. Un escándalo poco habitual. Mi mama lanzó un “vaya por Dios”. Algo ha debido de pasar. Parece que no tiene buena pinta, todo lo contrario. Las palpitaciones de mi madre van aumentando y yo comienzo también a estresarme. Mi mamá instintivamente comienza a gritar. Nos levantamos de la cama y corremos a cerrar la puerta de de la habitación. Nos guarecernos dentro del armario. Los golpes se oyen más cercanos. Abren la puerta. Mi mamá grita y solloza. De repente recibimos un feo golpe en el vientre. Perdemos el equilibrio y nos tambaleamos. Veo que algo filoso penetra en la cavidad y se clava en mí. Me abre en dos. En ese instante algo fluye y se aleja de mí. Traspaso la piel y salgo. Veo por primera vez la luz del día. Una mujer yace en el suelo en un charco de sangre. Intuyo que es mi mamá. La veo por primera vez. Diviso a esa misma mujer en la esquina de la habitación apoyada en la pared. Me hace gestos de que me acerque y abre sus brazos. Me encamino hacia ella y nos fundimos en la inmensa luz. Ascendemos hacia donde las almas descansan. Me siento tan feliz a su lado no quisiera separarme nunca. Ella me mira y me dice “deberás volver a otro vientre para que algún día nos volvamos a reunir”. Me entraron las dudas y los miedos y la pregunté “¿cómo nos reconoceremos mamá si ya no tendremos estos cuerpos?”. Ella me miró y casi llorando me contestó por el aroma que dejé en tu esperanza de ser mi hijo.

 

 

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