EL HOMBRE QUE OLVIDÓ SU VOZ

     Algunas veces los amigos recordaban su voz justo antes de comenzar el bachillerato. Un día en el festival de final de secundaría se arrancó con unos cantes que parecía un tenor no llegaba a Placido ni a Pavarotti, pero apuntaba maneras. Todo hubiera sido perfecto si a Luis le hubiera gustado su tono, pero no era el caso. Se le hacía fea su voz y no deseaba que le siguieran regalando apelativos nada cariñosos sus compañeros de clase por algo que si se lo proponía podía cambiar. Se pasó todo el verano intentando encontrar su tono. Cada día intentaba impostar su voz de mil maneras y se grababa en un viejo magnetofón que tenía su padre en casa. Una vez que consiguió modular ese tono que buscaba, salió a la calle y comenzó a preguntar a quien se encontrara por una calle o la hora que era. Observaba los gestos de la gente al oírle y comprobó que agradaba su nuevo timbre que le hacía inconfundible Tras muchos intentos consiguió encontrar esa voz aguda y profunda que buscaba. Este hallazgo le hizo sentirse más seguro. A primeros de septiembre comenzó su primer año de bachillerato. Se sentó, en contra de su costumbre, al final de la clase. Buscaba un lugar donde la resonancia fuera mayor. Como era habitual el profesor fue nombrando a cada uno de los alumnos que le habían asignado ese año. Deseoso estaba que nombrara su nombre y así poder responder al profesor cuando pasara lista. Escucho su nombre y como si tuviera un resorte se levantó de su asiento. De repente emergió desde el fondo del aula un vozarrón que hizo que sus compañeros se volvieran. Nadie reconoció esa voz, muchos dudaron y se volvieron para constatar que realmente era él. La verdad nadie le reconoció. Él orgulloso se sentó en su silla y desde ese instante se sintió diferente. Era consciente de que había dejado atrás aquellos días en que la crueldad de los otros niños le hacían llorar.

    Su nueva voz era, para él, su mayor tesoro, la cuidaba como a la niña de sus ojos. No tomaba agua helada siempre al tiempo. Había escuchado que muchos cantantes así lo hacían para mantener sus cuerdas vocales en perfecto estado. Ese verano no sólo fue su voz lo que se transformó. No hubo un día que no hiciera ejercicio bien en la piscina donde trabajaba de socorrista o en la bicicleta cuando por las mañanas repartía los periódicos a unos cientos de personas. Ese ejercicio continuado le había hecho perder unos cuantos kilos. Había conseguido modelar su cuerpo hasta que se le marcaban sus pectorales y la famosa y deseada tableta en su estomago. Se había convertido en un galán. Las y los traía a todos de calle. Él no se fijaba en nadie. Como bien decía ahora no son momentos para perder el tiempo en boberías. Pensaba que debía primero acabar el bachiller y obtener buenas notas para conseguir una beca para poder estudiar lo que desde siempre había decidido ser periodista. Le encantaba ver películas que narrasen como los corresponsales se jugaban la vida para poder informar a sus lectores. Viajaban por el mundo y conocían a miles de personas. Sus vidas era muy interesantes y más para él que nunca había salido de su pueblo mesetario. Nunca busco un amor en su vida.  Decía que los periodistas tenían que dedicarse en cuerpo y alma a su profesión, como un sacerdocio. No tenían tiempo para compartir un proyecto de vida con nadie.

    Sus años de bachiller y universidad pasaron rápidos. Luis sólo tenia en mente acabar sus estudios y volver a la capital de su provincia. Allí aún seguía como director en el diario una leyenda del periodismo. Un día al acabar el bachiller se acercó Luis a la redacción a pedir trabajo. El director le dijo “Mira muchacho si te doy trabajo nunca acabarás tus estudios. Primero titúlate y te aseguró que cuando me traigas el diploma te contrato”. Luis siempre fue un joven muy obediente y le gustaba hablar con gente mayor. Pensaba que de los jóvenes iba a aprender menos que de los mayores que cargaban a sus espaldas montones de vivencias. Se licenció y se libró del servicio militar porque tenía los pies planos. Eso le permitió no perder dieciocho meses de su vida en un cuartel. Así que con el certificado académico y el resguardo de haber pagado el título regreso a la ciudad. Antes de ir a su pueblo fue a la redacción del periódico a exigir al director que cumpliera su palabra. El director le felicitó y le comentó «el próximo lunes comienzas como ayudante de redacción y para que veas de qué va esto vas a ir pasando por todas las secciones para que decidas cuál te gusta y que los jefes de sección determinen para cuál estás mas cualificado». Ese fue el trato y el aceptó con gusto. Al salir a la calle pegó un salto y dio tal grito que desde la ventana de la redacción se asomaron para ver quién era el responsable de tal algarabía.

    Los primeros días fueron duros ya qué no sabía escribir a máquina y todas las noches fue a una academia a un curso intensivo. En pocas semanas consiguió escribir con los diez dedos. Hizo buena amistad con todos los jefes de sección. Todos se veían en Luis cuando ellos tenían esos años. Hubo un acto de carácter cultural en la capital del Estado. Con el beneplácito de su jefe más directo y del director  le enviaron a cubrir la información junto a un avezado fotógrafo. Luis no cabía de gozo dentro de sí. Esa noche no consiguió dormir. Le daba miedo no escuchar el despertador y no estar dispuesto cuando pasaran a recogerle. Era la primera vez que iba a un hotel en su vida, él los conocía desde la calle nunca había entrado en ninguno. Fue tal su emoción que se trajo todo lo que pudo como recuerdo posavasos, jabones, peines, rastrillos, miles de fotos y sobre todo miles de anécdotas que en su ciudad contaba sin cesar a todo el que se dejaba. Era feliz se sentía ya un reportero de alto nivel. Se compró una cachimba y se dejó una barba recortada. La felicidad no suele ser completa siempre ocurre algo que nos hace volver a la realidad. Un día publicó una noticia que no le gusto a un poderoso industrial y como era el principal anunciante del periódico pidió al director su cabeza. Como era de esperar en el mismo día se lo comunicaron. La noticia se corrió como la pólvora y ningún periódico, ni emisora de radio y de televisión le dieron trabajo. Las empresas de comunicación suelen ser muy solidarias con quien las mantiene. Al fin y al cabo periodistas hay muchos, pero son escasos los que financian a los diarios. Además el gremio no es nada solidario y, por si acaso, guardan silencio no vaya a ser que el siguiente despedido sea el que diga algo inapropiado.

    Luis desocupó su mesa y se llevó en una caja de cartón todas sus pertenencias. Cuántas veces lo había visto en el cine y ahora el que vivía la historia era él. Se despidió cortésmente de sus compañeros y como buenos cocodrilos lloraron y lloraron. Dijeron que se solidarizaban con él y que en breve harían una huelga para pedir su readmisión. Las intenciones duraron lo que dura un helado en el desierto, nada. El director muy hábil dejó entrever que pronto habría una reestructuración en la empresa. Uno de los lugares, según el departamento de personal, por donde deberían comenzar la selección era la redacción. El director les dijo que se tendría en cuenta la fidelización a la empresa. Como se pueden imaginar nadie hizo nada. Luis que se sentía el protagonista de su película optó por hacer una huelga de hambre ante la infamia de su despido. Esperaba que sus compañeros de profesión le acompañaran en su lucha. Se sintió abandonado. Sólo le hacía compañía el hambre y su perro que le miraba como si se hubiera vuelto loco. Los primeros días fueron duros y estuvo como tres días a base de agua y miel. La cuarta noche cuando nadie le veía se echó un buen bocadillo de jamón ibérico. Faltaría más pobre sí, pero con buenos gustos. Una amiga cada noche le llevaba un bocadillo y se lo comía a escondidas dentro del saco de dormir para que nadie lo viera. Pasaron los días y viendo que no conseguía su objetivo. Hizo unas declaraciones y más o menos vino a decir que si se moría se olvidarían pronto del asunto y que la mejor forma de seguir su lucha era siguiendo vivo. Así que dio por finalizada su huelga de hambre. Una ambulancia fue a recogerle y le llevó al hospital para someterle a unas pruebas para poder evaluar cual era realmente su estado. Los resultados fueron considerados milagrosos. Nunca habían visto alguien tan sano tras una huelga de hambre. Corrieron rumores y hasta alguno dijeron que era medio yogui y que tenía poderes. Estos comentarios hicieron que su mente, que no paraba de elucubrar, le hiciera verse como un afamado terapeuta sanando y dando miles de conferencia por todo el mundo. Se quedó pensando e imaginando su futuro.

    Luis empezó en su casa a tratar a todos los que se acercaban. Leía las manos, echaba las cartas, daba masajes que curaban, todos salían contentos. Pronto pasó de cobrar la voluntad a tener un secretario que daba citas. Tras una sesuda reflexión se decantó por algo que le fascinaba la lectura de manos. Llegó a ser tal su fama que la gente esperaba meses. Se convirtió en uno de los mejores videntes, hasta venían de otros países a consultarle. Todo iba bien hasta que un día llegó una persona a su gabinete. Su cara no le era del todo desconocida y menos esa sonrisa tan peculiar. Comenzó a adivinarle todo y casi en los más mínimos detalles. Era un calco de su vida. Le extrañó levantó los ojos y se vio a él mismo con la voz que dejó cuando tenía dieciséis años. Vengo a devolverte la voz que silenciaste, ya que es tu hora de partir. Sólo puedes regresar con ella al mundo que nadie adivina cuándo va a ocurrir. Como bien sabes Luis todo llega en el momento justo. “No quiero irme aún”, dijo.  Su imagen rió y le apostilló “Eso no es cuando uno elige sino cuando nos toca. Tú que tanto adivinabas ni lo previste. Acaso no eras tan falso como la voz que olvidaste para ser otro y no ser tú”, sintió como un torbellino de imágenes se precipitaban en su mente y vio la vida que hubiera tenido con su voz. Se le saltaron las lágrimas y exclamó: “¡Quién me mandaría no aceptarme como realmente era!”. Nadie contestó, pero fue su verdadera voz la que gritó.

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