LA MONEDA AL AIRE

   Ahora que llega junio con sus calores, me siento en la terraza de mi cuarto con un “ice tea” bien frío y jugueteo con una vieja moneda de un peso que tiene dos águilas, una por cada lado. Pronto mi hijo llegará de Berna donde recientemente se doctoró. Apuraré de un trago el refresco y pediré que me traigan el coche para ir al aeropuerto, casi siempre iba su mamá, pero ahora que dispongo de más tiempo me gusta ir por él. He de reconocer que tengo muchísimas ganas de verle…

   No sé porque siempre me ocurre a mí lo mismo. Uno siempre intenta acertar pero ni por esas. Un día de estos seguro que juego al melate acierto y pierdo el boleto. Ahora creo que acerté haciendo caso a los que me aconsejaron que debería quedarme al otro lado. He de reconocer que era muy aburrido pero todo se veía tan limpio y ordenado que uno se preguntaba porqué no era mi ciudad así.

   Estos gringos son un tanto raros pero tampoco es tanto cuando se les va conociendo. La verdad es que el tiempo que estuve estudiando allá, me valió. Obtuve una buena formación, adquirí buenos hábitos, disciplina… Reconozco que ha sido la mejor carta de presentación donde he ido, calla la boca, cuando digo que estudié en USA, la raza me abre toditas las puertas. Eso sí, fue duro aguantar algún que otro tarado gringo y, sobre todo, a los prietitos. He de confesar que fueron muchos los sapos que me tuve que comer y vaya que me los comí, también fue duro para mi madre, pero ahí lo llevó. Mis papás se portaron muy bien conmigo y me ofrecieron una excelente educación, gracias a la cual me pude situar bien económicamente y ejercer como reconocido profesionista en aquello que realmente me gustaba. No como otros que no estudiaron aquello que querían, no por falta de dinero, si no por burros y principalmente por la dejadez de sus padres que por no batallar les dejaron que hicieran lo que quisieran.

   Ya sabemos que pueblo pequeño, infierno grande. Donde yo nací no se podía salir a la calle solo, ni se podía jugar en las banquetas, era muy peligroso a veces lo era hasta respirar. Me pasaba horas en la casa jugando con los perros y esperando a que llegara alguien para mitotear y hacer un poco el “locochón” eran, por así decirlo, mis pequeñas diversiones. A más gente, más mitote y más desmadre. Creo recordar que no siempre era así, había muchos días sin visitas, días de sólo pura “comedera”, engordando como “cochitos”, pero de veras que buenas estaban los huevos estrellados, las gorditas, los tacos, las sopitas con huevo y queso… Aún se me hace la boca agua cuando recuerdo aquellos sabores.

   La escuela era dura, pero ni modo era la escuela. Había muchachos de mi edad y eso me entretenía; aunque reconozco que los ejercicios físicos no me gustaban y nunca me han gustado, tanto es así que me las ingeniaba para evitarlos; aunque me dejaban una figura que parecía un modelo como mi primo. Al regresar a casa pronto recuperaba los kilos y me salían esas lonjas tan fáciles de pellizcar que ni mi madre se resistía. ¡Ah que tiempos aquellos! La verdad es que me aburría a veces mucho y me enfadaba, pero ahora con el paso de los años cuando miro hacia atrás, sé que me sirvieron más que el desmadre de mi ciudad. Eso si que era un continuo infierno empezando por el pinche calorón, la sensación de no poder salir nunca sólo y lo peor no estar con mis amigos a todas horas. Eso también me cansaba pero lo uno por lo otro. Aunque lo peor era que uno vivía añorando viajar y salir del rancho. Conocía a muchos que les hubiera gustado pero no tuvieron esa suerte. Yo si la tuve y ahora domino el inglés como si fuera nativo. Ese conocimiento me ha permitido ocupar puestos importantes en la sociedad ¿Cuántos de mis amigos lo estudiaron pero no lo dominan como yo? Me acuerdo que mi mamá y mi papá sí lo hablaban pero no lo pronunciaba perfectamente. Mi acento no podrían adquirirlo, aunque quisieran. Lo aprendieron pero no lo practicaron día a día como yo en Riverside. Creo que fue la mejor herencia que recibí de mis padres fue el excelente dominio del inglés que poseo. Aunque cuando era joven cómo me desesperaba la academia, la distancia y, sobre todo, la “mimadera” de mamá. Era durísimo, lo reconozco, pero ahora sí que la vida es dura. No lo puedo negar.

   Ahora cuando veo al zángano de mi hijo, que también lo tiene todo y que no quiere seguir estudiando fuera, me llevan los demonios. Sólo tiene 14 años, los mismo que yo tenía cuando pensé que lo mejor era volver a casa y dejar la academia. No sé como decirle tantas cosas por su bien, tales como que debería sopesar la comodidad del día a día en la ciudad, la facilidad de que todo se lo resuelvan, que a veces debemos sacrificarnos, que la distancia nos hace disfrutar más con la vuelta a casa… La verdad es, cuando le miro ¡Dios! como se parece a mí. Me gustaría saber como diablo consiguieron convencerme para que me fuera y no regresase hasta acabar todo el ciclo escolar. No me acuerdo. Recuerdo que mi mamá me comentó que parecía una margarita, hoy me quedo, mañana no me quedo. Gracias a una prima mayor que me trataba de la chingada me hizo ver que era lo mejor para mi. No se me olvidará su “mira mijito” y su voz comenzaba a tronar como una tempestad pero luego volvía a la calma y terminaba “mira mijito tu sabrás, pero luego no te quejes” La verdad cuanto me pesaría no haberla hecho caso. Ahora estaría como aquella con quien medio me ennovié, la que mi abuelo decía que precisaba fierro, gorda y sin luces. Le faltó esa distinción que dicen que da el viajar, el salir del rancho. Sí que se nota, no te creas. Cuando acudo a eventos profesionales miro fijamente a los asistentes y digo “éste ha viajado, éste no” parece que no pero ni madres se nota un montón. No puedo decir que no sean buena gente, que lo son pero le falta ese “touch of clase”, ese “savoir faire” que no da el dinero pero si el salir fuera y correr mundo. Creo que siempre agradeceré a mis padres, que se sacrificaran de no tenerme a su lado. Mi mejor herencia fue el conocimiento de otra sociedad con otra forma de ver el mundo. Me cuesta trabajo saber que decir a este huevón para termine sus estudios allá. No sé si debería dejarle que lo piense o mejor decirle algo. La verdad no sé. Me gustaría decirle tantas cosas y sobre todo aquellas que se va a perder si se quedara y no regresara pero no me gustaría influenciarle. Desearía que decidiera por él mismo. Le veo tan grande pero, en realidad, es tan crío que no sé. Vaya dilema. He decidido regalarle la misma moneda de dos águilas que me regaló mi padre y que se eche un volado. Águila continúo en Riverside y sello me vuelvo al rancho…

   Cuando hoy regrese a casa, ya recién doctorado podrá decir que su mejor elección fue quedarse con una de las dos águilas.

 

 

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