LA NANI NEGRA

    A veces cuando no sé que hacer. Me siento en la banqueta de la calle y veo a la gente pasar. Observo cómo andan e intento adivinar por su forma de caminar a dónde van. Me imagino miles de historias. Nunca sé si he acertado o no. La verdad es que no me preocupa mucho, pero me divierte imaginar cómo serán sus vidas. Así suelo pasar estas calurosas tardes en que hasta pereza te da mover los ojos. No hace mucho tiempo una señora de unos cincuenta años se sentó a mi lado y me dijo que si le podía ofrecer una limonada. Su buena educación me extrañó.

            – Usted no es de acá, verdad.

            – No, no soy de acá –me contestó con una sonrisa.

            -¿Se puede saber qué hace usted por este lugar tan perdido del mundo?-le pregunté. Ella se me quedó mirando y tras dar un largo trago a su limonada. Me contestó:

            – Ando perdida. Busco a una familia que vivió en este pueblo hace muchos años. Yo me aloje, mejor dicho trabajé, en esa casa durante unos cuántos veranos para poder aprender su bonita lengua. Ellos fueron para mí como unos padres. Durante años nos estuvimos llamando en Navidades para felicitarnos, pero, poco a poco, fuimos dejando esa costumbre. Ya sabe las distancias no son buenas como diría José Alfredo Jiménez, así que un año por olvido y otro por una para qué. Acabamos con la costumbre. Siempre era yo la que se comunicaba. Ellos casi nunca lo hacían. Ya se sabe el rico es rico porque no suele gasta ¿no?

            – Suele pasar eso que usted dice –repliqué.

            – Sí. Eso es lo que sucede, pero no debería de ser así. Esa es la continua lucha que solemos tener, entre el cómo somos y cómo deberíamos ser. A veces nos ocupamos de nuestros asuntos y vamos dejando atrás los buenos hábitos, nos desacostumbramos. Siempre es más fácil olvidar que recordar. Pienso que es la consecuencia de las nuevas formas de vida. Por ejemplo, sin ir más lejos, ahora quién no está en las redes deja de existir. Nos hemos hecho flojos y comodones. Somos incapaces de descolgar un teléfono para llamar a nuestros amigos. Nos escondemos tras los mensajes y nos olvidamos de hablar.

            – Efectivamente, eso suele pasar –comenté- salvo a mí que tengo como teléfono este viejo Nokia de los años ochenta que no tiene ni wifi, ni Internet, ni diablos.

            – Es raro que usted no tenga un aparato más moderno –sentenció la mujer- Ahora todos estamos locos por la tecnología, pero da gusto encontrar a alguien que se rebela contra las modas que pretenden convertirnos en seres parejos. Antes cambiábamos de teléfono cuando se rompía. Ahora no. Compramos uno cuando se queda obsoleto y eso suele pasar cada año, tristemente. Nos hemos hecho esclavos de la tecnología. Tantos años luchando la humanidad para ser libres para volver de nuevo a ser esclavos. Tiene su gracia.

            – Sí, tiene su gracia –apunté- lo malo es que nos creemos libres. Hemos perdido el horizonte. No ponga esa cara de extrañeza. Yo le explico. Antes iba la gente por las calles caminando mirando hacia el frente y recreándose la vista con el paisaje. Ahora no. Todos van mirando su pantalla del teléfono e ignorando a los demás. Además de esclavos, nos hemos convertido en burros. Nos han puesto unas orejeras virtuales que no nos deja ver más allá de la palma de la mano. Sé que parece muy exagerado, pero dígame si no es cierto. Este ejemplo puede que le suene, cuántas veces ha ido a un café y ha visto que todos los que están sentados en una mesa están pendientes de su teléfono. Antes nos reuníamos y nos pasábamos toda la tarde hablando. Como usted y yo ahora.

            – En eso tiene usted razón –me dijo ella mientas se levantaba- me tiraría todo el día conversando con usted, pero le confieso que no pensaba quedarme a dormir en el pueblo y ya saqué billete para el último autobús. Quisiera que me dijera si sabe algo de la familia Duarte.

            – Creo que la podré ayudar –respiré y cavilé, no sabía cómo decirle lo que había ocurrido- mire yo no quiero ser cotilla. Ellos tuvieron que irse hace unos años. Carlos, el hijo, terminó apuñalando a su madre en un ataque de locura o al menos eso dijeron. La verdad es que el chico era un poco artista y le daba un poco a la cocaína. Un día le debieron vender una no muy buena o se pasó con los tiritos, ¡vaya usted a saber! Pero resumiendo podríamos decir que se volvió loquito. Gracias a Dios la única que se encontraba en casa era la madre a la que asestó cerca de treinta puñaladas e hirió al perro en un costado, pero si se acuerda era un perro muy miedoso. Salió corriendo y se libró. La madre creo que no esperaba que su hijo la matara. Ella siempre lo súper protegió. Era su ojito derecho. Nunca admitió que su hijo era un adicto. Siempre decía que su hijo cuando iba de fiesta, como todos los jóvenes esnifaba alguna rayita, pero la verdad es que todos los días se ponía hasta salvase la parte. Bueno sigo con la historia. Vino la policía y lo detuvieron. Don Carlos no pudo aguantar el peso de la vergüenza y se fue a la ciudad. Aquí tengo la dirección por si la necesita. Ahora me ha venido a la cabeza como un destello y me acuerdo de una morenita flacucha que estuvo viviendo con ellos hace ya más de treinta años. No sería usted.

            – Sí, efectivamente, era yo. Como verá no queda ya nada de aquella muchachita flaca y feúcha que usted recuerda. Ni su sombra – me miró con una mirada picarona y sonrió- sólo lo feo no se me quitó, pero se disimuló –sonrió como sólo puede hacerlo alguien que esté en paz consigo mismo.

            – Sí era usted, ahora que recuerdo. Yo era, por aquellos años, el médico de familia del pueblo, el confesor, el psicólogo, el partero y si me apura hasta el chico de los recados.

            – Ahora que lo dice, creo recordarle con su bata blanca y su estetoscopio colgado en su cuello. Siempre fumando su Camel corto encendido entre los dedos índice y corazón de su mano derecha. Extraño para un hombre y más en aquellos años. Siempre requetebién peinado y, eso sí, muy oloroso. No se me podía olvidar que usted me curó de una picadura de un pez escorpión. Llegué gritando, jurando en arameo y usted en un pispás me alivió. Creo recordar que siempre estaba en su consultorio un sabueso canela. ¿Terry? se llamaba ¿no?

            – Si ese era su nombre. Se lo pusimos porque cuando llegó a casa tiró una botella de coñac de la marca Terry y gracias que le vimos, pudimos evitar que no se la tomara entera. Daba pena, pilló una cogorza que se iba cayendo. Creo que nunca más volvió a probar el alcohol. Le dabas a oler reculaba y ladraba.

            – Sería una buena medida –apuntó ella- para que se hiciera en las guarderías para que de mayores los hombres no bebiesen tanto.

            – Sí sería una buena solución siempre que no se enterasen los defensores de lo indefendible y nos hicieran manifestaciones por vulnerar los derechos inalienables de los niños.

            – Quite no demos ideas que luego pasa lo que pasa –dijo ella riéndose.

    Se levantó y mirando a su alrededor suspiró. Su despampanante nariz resaltaba. Paseo por el porche de la casa y volviéndose como si algo se le hubiera olvidado me espetó:

          – A propósito, soy Lizy, la negra. Era así como me llamaban todos en el pueblo. Fui la primera negra que llegó aquí. Creo que salvo uno o dos, tres como máximo, nunca habían visto a un negro. Se acuerda doctor cómo me seguían todos los chicos del pueblo. No nos podemos olvidar de los mayores que nunca habían tocado un pelo tan ensortijado y estropajoso, como el mío. Se morían por parparlo. Cuando fueron ganando confianza, me lo pedían. Eso sí, siempre con un por favor. La verdad que fueron varios veranos muy agradables. Sólo había un inconveniente los cerca de cincuenta grados que nunca se iban. Sólo por las noches y no todas bajaban las temperaturas un grado o dos. No más. Le puedo asegurar que volvía más negra de lo que venía – me miró y soltó una carcajada- Qué cree doctor que nosotros los negros no nos reímos de nosotros mismos, claro que sí. Además todos los negros no somos iguales. Hay algunos que son tan negros que en la noche si no fuera por el blanco de sus ojos ni se les distinguiría. Me gustaría que me siguiera contando más cosas de ellos. Carlos tenía dos años. El era el motivo de mis venidas, era su nani negra. Qué años tan bonitos. La verdad que los recuerdo con mucha alegría. Cuénteme doctor, por favor. La última vez que vine Carlos ya tenía como diez años.

            – Lizy no recuerdo mucho de aquellos años. Usted sabe que vivía entre el casino, el consultorio y las vistitas a domicilio. Un vida social interesantísima, como verá.

            – Sé doctor que usted es como un sacerdote, que no puede divulgar nada sobre sus pacientes, pero Carlos no era su paciente. Sé que odiaba a los médicos y antes que ir a uno hubiera preferido morirse. Recuerde aquellos años que se enroló en una pseudo secta por así decirlo. Era todos unos niños bien que buscaban en los chamanes y en las drogas seguir al renombrado Castaneda. Les preocupaba ser como sus padres. Preferían ser como los que se encontraron los tatarabuelos de sus abuelos. Eran un circo andante para niños de familias acomodadas y niñas o niños que se les pegaban para vivir a la costa solidaria de los avergonzados padres que no sabían de qué eran culpables para haber tenido unos hijos de esa calaña. Ya sabe. Todos uniformados con su pelo largo, sus casacas militares, sus cintas en el pelo. Puro mariguano y elesediano.

            – Un poco dura. No, Luzy.

            – No doctor –enfatizó sus palabras y me sonrío- No y mil veces no. Le voy a explicar las razones. El desgraciado de mi hermano se escapó de casa para irse a una de esas comunas. A mis padres casi les da un soponcio, pero lo aceptaron. Era un hombre y porqué no iba a intentar disfrutar de la vida. Más pronto o más tarde se cansaría y regresaría para acabar los estudios. Ese era el pensamiento, ya se cansará. Lo malo fue cuando mi hermana al año decide irse también. Eso sí que no, dijeron. Una mujer no puede estar por ahí viviendo de esa manera, qué iba a ofrecer a su esposo cuando se casara. Un lío de veras, pero no consiguieron que se quedara. A finales de mayo tomó un morral con unas cuantas mudas, unas faldas y unas blusas, y al amanecer se marchó. Tenía una ventaja para mí, me quedaba con toda la habitación. Inocente de mí. Me quedé también con dos viejecitos quejumbrosos y dos perros autistas. Ese era mi mundo. Mis dos hermanos mayores se fueron. No escribían nunca y no regresaban ni siquiera por Navidad. Eso nos hizo pasar varias muy agitadas y repletas de jaculatorias, que no pienso repetirle doctor. Imagínese lo que fue eso. Mis hermanos regresaron como a los cinco años, mis padres se alegraron, pero yo la verdad que no mucho. Nunca pensé que tras haber desobedecido sus órdenes les recibieran con los brazos abiertos. Creo que mis papás estaban ya un poco seniles. Llegaron y yo que era la obediente, la servicial, la calladita, pasé a ser la criada de todos. Eso hizo que me vengara casándome con el primero que me lo pidió. Me casé y les dije hasta luego. Sí volvía en Navidades y alguna otra fecha especial, pero cada vez que volvía sentía que más que una casa era un manicomio. Mis hermanos no eran gente de provecho como decía mi padre. Eran unos inválidos mentales que mis padres tuvieron que mantener hasta que ellos se murieron. Luego comenzó una larga disputa por la casa, las tierras y las cuentas bancarias, que casi terminan a tiros. Si, mi hermano bajo con una escopeta de caza e intento matar a mi hermana. Menos mal que esta aún no había perdido todos sus reflejos y salió corriendo, que sino acaba con ella y yo de testigo. Por eso le digo que entiendo lo que pudo pasar a Carlos. Las drogas trastornaron a muchos en los años setenta. Algunos amigos murieron de sobredosis. Fueron años muy duros y por un chute muchos se prostituían o atracaban. Tiempos extraños que dejaron muchos cadáveres y muchas familias destrozadas.

            – Si Luzy claro que me acuerdo. Yo tuve que certificar muchas de esas muertes. Gracias a Dios ya no es como era antes la cocaína no mata tanto como la heroína, pero ahora con el crash están volviéndose muy loquitos muchos jóvenes.

            – Sí doctor eso es así, pero ahora sí podemos decir que ya no es como fue. Atrás quedaron esos aciagos años, no sólo en las ciudades, también en los pueblos. Dígame cómo sino, Carlos pudo llegar a acuchillar a su madre. No me cabe en la cabeza. Él la adoraba, hasta creo que algo de Edipo le coleaba.

            -Mira Luzy. Carlos siempre fue muy raro. Nunca se le veía con chicas de su clase. Él era el espíritu de la contradicción. Basta que le dijeran so para que fuera arre. Él siempre fue así. Solía jugar al póker todas las noches en algunas tabernas de las afueras. Un día conoció a una finesa que llegó al pueblo, como tú llegaste, a cuidar a los niños. Lo que pasaba era que a ella le gustaba beber y todas las noches buscaba lugares donde ir a saciar su sed. Sabes que acá en el centro todo cierra pronto y a partir de las once de la noche a diario se queda todo muerto. Ella era joven y le gustaba salir, no es que fuera ligera de cascos, era joven y su mentalidad no era como la nuestra. Sus ideas sobre la sexualidad eran diferentes. Para ella acostarse con uno o con otro era como comer. No significaba nada. Eso hizo que ella buscara quien la complaciera cada noche. Carlos, desde que la vio, se quedó prendado de ella. La seguía como perro en celo. Ella sabía que era hijo de una buena familia. Salieron durante meses y ella se quedó embarazada. Eso supuso una conmoción para los Duarte. Su primogénito preñó a una criada. Te lo puedes imaginar Luzy. Don Carlos ni se inmutó, pero doña Eleonor se puso de los nervios. Cuando llegó su hijo se abalanzó sobre él y con el atizador de la estufa le golpeó hasta que consiguió doblarlo. Don Carlos asistió atónito al espectáculo. Cuando se aplacó doña Leonor, Don Carlos cargó a su hijo y lo llevó a su cuarto. Allí espero a que yo llegara y le curase las heridas. Nunca se me olvidará su desencajada cara y su gesto de odio.  Se recuperó y cuando ya se encontraba fuerte. Intentó localizar a Inge, la finesa, pero ya no estaba. Compró un billete de avión y se fue a buscarla a un pueblo cerca de Helsinki, donde ella vivía. Al llegar tomó un taxi y fue a buscarla. Cuando la vio se echó las manos a la cara y gritó desesperado. Inge tenía toda su cara desfigurada. Eso no fue lo peor. Inge le contó como su madre y varias criadas la llevaron a un pajar para practicarle un aborto. Carlos la abrazó y se regresó. Conociéndole, era seguro que no se iba a quedar con ella. Era demasiado perfeccionista y hedonista para vivir con una mujer con la cara desfigurada. Lo que de veras le dolió fue que hubieran matado a su hijo. Eso sí que le enloqueció. Nada más regresar fue a su casa. Entró en la habitación de su madre y la acuchilló. Llamó a la policía y confesó el crimen. Se declaró culpable en el juicio y aceptó con resignación la condena a veinte años. Él sabía que con buena conducta se quedarán en diez. Qué locura pensarás Luzy, pero creo que yo hubiera hecho lo mismo. Ya no le queda nada. Creo que el próximo año sale libre. El piensa regresar y vivirá donde su padre no se atrevió a pisar tras la muerte de doña Eleonor. Esa es la historia. Lo de hippy, la secta es cosas que la gente cuenta, pero que no es verdad. Esta Luzy es la cruda verdad.

            – Gracias doctor, me quitó un peso de encima. Queda poco para que mi autobús salga. Eso si pasaré por la ciudad y visitaré a don Carlos. Seguro que lo estará pasando mal. Ojala pueda comprender a su hijo y sea capaz de regresar a morir a su casa en compañía de los suyos.

            – Ojalá Luzy le consigas convencer. Ojalá se puedan perdonar. Es difícil, pero no imposible. Tú sabes y no hace falta que te lo diga que siempre ocuparás un lugar en este pueblo. Tú fuiste la primera mujer negra que vimos. Regresa pronto. Tienes aquí tu casa y un lugar donde siempre serás algo más que recuerdo.

            – Gracias doctor.

    Luzy subió al último autobús que iba de regreso a la ciudad. Una ventolera hizo que la tierra se levantara y volvieran ocres los recuerdos de una vida que ya no era la suya, pero que fueron importantes para hacer que fuera quien era ahora. La doctora Lucy Arjona, fiscal general del Estado y futura presidenta de la Nación según las encuestas. Atrás quedaron unas vidas que dejaron de ser suyas, pero que permanecerán en su memoria mientras viva.

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