MORIRÁS CUANDO DIOS QUIERA

    Recuerdo una noche de fin de año, que regresé de trabajar muy cansada. No me apetecía ir a ninguna casa sola. Nunca me gustó dar pena. Así que decidí celebrar ese fin de año de una forma excepcional. Me miré en el espejo y me guiñé un ojo. Decidí que lo mejor sería abrir una de esas botellas de Don Perignon que me habían regalado por mi cumpleaños y, porque no, una lata de caviar beluga iraní. Esas fechas eran muy tristes para mí, hacía años un día como este me lo pasé velando a mi madre. El maldito tabaco se la llevó. Mejor no recordarlo. Ya pasó. La verdad es que fueron años muy duros. Me recorrí todos los antros de Madrid, pocos fueron los que no cerré. El milagro era regresar a casa. Eran otros tiempos. Ahora hubiera sido imposible por los controles de alcoholemia. Aunque son excesivos, creo que son necesarios. Una generación crecimos con aquel eslogan de Stevie Wonder si bebes, no conduzcas. Debo reconocer que los años nos dan la perspectiva que el momento niega. Estaba cansada, creí que lo mejor que podía hacer era darme un baño y disfrutar de la primera copa de champán. Encendí el reproductor de música y comenzó a sonar la Tercera sinfonía de Tchaikovski. Reconozco que siempre me gustó bañarme a la luz de las velas, oyendo música y tomando un trago. Ese año había sido especialmente muy duro.

    Muchas veces me pregunté por qué nos llaman doctores a los médicos sin haber hecho el doctorado. Yo sólo hice la especialidad. Eso si, fui una de las mejores de mi promoción del hospital. Mi trabajo consistía en preparar los químicos y administrar las dosis para mis pacientes. Eran pocas las opciones que tenía. Solían ser las farmacéuticas quienes nos aconsejaban, según sus estudios, cuáles eran los que daban mejores resultados. No existía una gran variedad. Además tampoco sirven para mucho, salvo para alargar un poco más la vida del paciente que, por desgracia, más pronto o más tarde fallecerá. Estos químicos matan las células cancerosas, pero también cercenan muchas que no están enfermas. Creo que lo que hacíamos era retardar el desenlace final. Sé que muchos de mis compañeros no piensan eso. Yo he comprobado que nadie desea morir, por eso buscan el remedio que sea para alargar la vida. Nunca prestamos verdadera atención al tiempo hasta que se nos acaba. Entonces es cuando caemos en que hemos desaprovechado el nuestro. Pocos son los que aceptan el final y procuran dejar todo solucionado. No sólo las cosas materiales, sino la más importante despedirse de sus seres queridos. La mayoría lo desperdician en divagar y maldecir su mala suerte.

    Cada día aparecen un mayor número de cánceres como consecuencia de la falta de nutrientes que no nos aportan los alimentos. Esta sociedad, poco a poco, se está suicidando. Eso nadie lo quiere ver. Nadie quiere saber que nos estamos matando con el aire que respiramos en las ciudades, con el agua que ingerimos o con los medicamentos que sin necesitar se recetan a los enfermos funcionales. Los pobres infelices acuden a las consultas con dolencias que no podemos etiquetar dentro de ninguna patología. Las encuadramos en un cajón de sastre que denominamos psicosomáticas, allí  caben todas.

    Reconozco que estaba desilusionada con mi trabajo en el hospital. En un principio me rondó la idea de abandonar la medicina hospitalaria y dedicarme a ser médico rural. Deseaba atender el día a día de los habitantes de un pueblo y no a los desesperados que llegaban a mi consulta de oncología. Tengo roto el corazón y creo que no sólo roto, sino también embargado por las grandes farmacéuticas. Esas que me pagaban los viajes a los congresos, los cruceros, las que me enviaban las cestas cada Navidad y esas que hasta me regalaron la mitad de un coche. Sí, la mitad de un coche. Hace años me llamaron de un concesionario al que había ido unas cuantas veces para ver un coche que me gustaba, pero que se me hacia carísimo. A las pocas semanas me llamaron y me hicieron una oferta de esas que no puedes negar. Era el coche de mis sueños. Reconozco que en aquel momento ni me lo pensé. Fui a la agencia con un cheque conformado por la mitad del valor del auto. Lo entregué y acto seguido me dieron las llaves, la documentación y la factura. Así de fácil. No pregunté nada más. El dueño del concesionario un día nos encontramos, por casualidad, en el teatro y me contó que una empresa suiza fue quien pagó la otra mitad. Sabía que mi consulta había facturado ese año cerca de tres millones de euros, para ellos subvencionar la mitad del coche era como si me hubieran regalado una estilográfica. En aquellos años no me percataba o no quería percatarme. Vivía en una burbuja donde las ambiciones personales y profesionales eran mi única vida. No valoraba si era negativo o no para los pacientes. Pensaba que era lo único que tenía para alargarles la vida y si habíamos tenido la suerte de descubrirlo en las fases iniciales, incluso curarlo. Hace unos años soñé un sueño muy raro. Todos los pacientes que habían muerto se me aparecían y me exigían que porqué no les había curado. Reconozco que todos habían sido conejillos de indias, seleccionados para la última fase de experimentación del medicamento anterior a la autorización para su comercialización. Todos sabían que no podían ejercer ninguna demanda, porque habían firmado un papel renunciando a cualquier indemnización por vía judicial y manifestaban su deseo de ser voluntarios. Ellos me aconsejaban que me alejara de los métodos tradicionales  y me inclinara más por la psicoinmunoendocrinología.  Me hicieron pensar, pero yo, en aquellos años, tenía muchas necesidades materiales. Procuraba que mis ingresos fueran bastantes altos y me alejé un poco de la ética profesional, pero ahora sé que me equivoqué. Ese sueño recurrente me hacia levantarme cada día sudada de la cama. Perdí unos cuantos kilos. Fueron años duros. No sólo por el trabajo sino por el proceso de separación. La soledad me ahogaba cuando llegaba cada día a casa. Fueron años de una constante confrontación interna. Creo que no fui profesionalmente correcta ni honrada. Sé que en aquellos momentos era capaz de criticar a quien fuera, salvo a mí misma. Era incapaz de mirarme el ombligo. Así pasaron muchos años, hasta que como San Pablo un día me caí del caballo y comprobé que la vida no era como yo la veía. Tuve una bajada de defensas provocada por una infección larvada que cuando se dieron cuenta era ya una septicemia grave. Me obligaron a tomarme una baja para que descansara y me recuperara. Dicho y hecho dejé la bata detrás de la puerta del consultorio y me marché a casa. Estuve unas semanas con antibióticos y con analíticas frecuentes, hasta que se erradicó la infección.

    Desde que obtuve mi plaza de funcionaria nunca había estado de baja y ni siquiera había disfrutado de un año sabático. Me armé de valor y solicite una excedencia. Tenía ganas de volver a la medicina rudimentaria. Me alisté en una ONG y me fui a África a la tierra de los baobab. Allí practiqué lo que desde joven me atraía. La verdadera medicina la que consistía en escuchar, ayudar y curar al enfermo. Ese periodo me hizo recuperar ciertos valores que había perdido, sobre todo respetarme a mí misma. Ese respeto lo había perdido, cuando empecé a sentirme cómoda dejándome querer por las farmacéuticas. Era un mundo que te creaba adicción. Una vez que aceptas el primer regalo es como el primer chute, luego ya no sabes cómo dejarlo. Dejas de ser médico y te conviertes en un vendedor. Lo triste es que aprendes que cuantos más recetas más ganas. Sí alguna veces te salía el ramalazo ético, pero tus nuevos patrones te recordaban sutilmente que  si no querías seguir colaborando con ellos te atendrías a las consecuencias. Era chantaje puro y duro. Yo he de confesar que caí y que nunca supe como desligarme. Menos mal que estos arranques de honestidad no me daban muy a menudo.

    – Esta bueno este champán, la verdad que sí – grité y tomé un trago- ¡Uf! me puse melodramática.

    Este día de fin de año, no me ha gustado nunca y menos desde que pasó lo de mi madre. Cada año era más leve la tristeza, pero aún me removía por dentro. Cuando estaba casada tampoco me gustaron especialmente por que los pasaba en casa de mis suegros. El encantador, pero ella una bruja de manual. Nunca me perdonó, como ella decía, que le hubiera robado a su hijo. Siempre me venían a mi cabeza, por estas fechas, las imágenes del campo santo nevado cuando enterramos a mi madre.

    Aquí tumbada en la bañera con esta agua tan caliente me dan ganas de acabar con esta amarga esclavitud de los recuerdos. Terminar como Séneca con una muerte tan placentera. No sé como pude salir de este círculo donde me metí. Ahora creo que fue África la que me enseñó y me inculcó el deseo de salir y de recobrarme a mi misma. No fue fácil, pero al final lo conseguí. Recobré mi vida y mi libertad. Sé que soy culpable de la muerte de algunos pacientes, que por mi mala cabeza o mi desmedida soberbia murieron al no recibir el tratamiento más apropiado. Eso me pesa y me ahoga. Lo reconozco. No tengo el valor de enfrentarme a las familias y decirles la verdad. Debería haber hecho una declaración pública y denunciar la corrupción, pero sé que no serviría de nada. Creo que la mejor solución fue dejar la Sanidad Pública e irme a ayudar a los más necesitados. Era la única forma que se me ocurrió para reparar mis errores.

    Aún recuerdo aquella calurosa mañana de junio cuando hablé con el Director del Hospital y le dije que quería pedirme una excedencia. Tengo aún grabada en mi cabeza, su cara de extrañeza. Mi buena relación con él, me sirvió para que informara favorablemente y me la concedieran.

    Apuro las últimas horas acá en España, el tiempo justo para llevar flores a la tumba de mi madre, dar una vuelta por la que aún sigue siendo mi casa y saludar a viejos amigos. Pasado mañana, a primera hora, tomaré un avión y regresaré a Malabo. Allí volveré a trabajar en un hospital que no reúne todas las condiciones que serían las apropiadas, pero me permiten desarrollar mi trabajo con plena independencia. Ya no dependo de las farmacéuticas. Aunque eso es un decir, participamos en proyectos que prueban los nuevos medicamentos que luego se venderán en el mundo más afortunado. Las empresas siguen evaluando los costes y sus beneficios para determinar el tiempo necesario para recuperar su inversión. Es triste lo reconozco, pero al menos sabes que ayudas a quienes no tienen nada con que poderse curar. Sino fueran parte del estudio, no tendrían ni las medicinas, ni el aporte económico por prestarse voluntarios al estudio, ni la atención sanitaria gratuita para sus familiares.

    La vida, sabemos que no es perfecta, pero debemos hacer que al menos su imperfección nos permita ayudar al prójimo. Allí me encuentro mas tranquila y he encontrado la serenidad que mi espíritu buscaba y eso si que no tiene precio. Mi paz interior me hace pensar que me pasaré muchos años allá en esta antigua colonia española, ya que la facilidad de la lengua me hace sentirme como en casa. Cuando llegas al aeropuerto te das cuenta que esto ya no es el mundo dónde vivías y no valorabas. Acá la gente no tiene el problema de qué ropa ponerse o qué va a comer hoy. Acá la gente se conforma con tener algo para comer y dónde dormir. Las necesidades son otras, más vitales que hacen que uno se sienta un privilegiado. Empiezas por no olvidar que nunca debes de dejar de dar gracias por haber nacido en un lugar privilegiado, donde tienes, gracias a Dios, de todo.

    Me vienen a recoger unas monjas seglares que trabajan en el hospital. Nos miramos y sonreímos. Su alegría es contagiosa y la forma de darse a los demás hace que me sienta afortunada de compartir mi vida a su lado.

    Es tarde. Me marcho directamente a la consulta. Acá en mi nueva casa me siento reconfortada. Cada sonrisa y cada muchas gracias me hacen sentir muy bien. Cada día, desde muy temprano, llegan de las distintas aldeas caminando al consultorio. Según van llegando van haciendo una fila que por momentos se hace interminable. Los golpes en la puerta del despacho, me hacen volver a mi nueva realidad. Intento levantar la voz y casi no tengo. Aclaro la garganta y entono un vigoroso:

    – Pase- una joven madre entra a la consulta y tras saludarme con lágrimas en los ojos, pero con la limpia sonrisa de sus veintitantos años me pregunta:

   – Seguro que me curaré, ¿verdad doctora?

  – Sí –le contesté- te curarás y sólo morirás cuando Dios quiera.

    El lujo y el boato quedaron muy lejos a miles de kilómetros, pero esta agua de hibisco que ahora me estoy tomando no lo cambiaría por ninguna otra bebida y menos esta paz en que ahora vivo. Un viento fresco atlántico refresca a estas horas. Las palmeras se mecen, mientras la marea cubre la arena de la playa. Creo que llegué al purgatorio, ya queda menos para ascender al cielo donde su infinita misericordia me acogerá y me bendecirá para toda la eternidad.

 

 

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