UN HOMBRE NO AL USO

                                                                                       A mi amigo José Antonio “C”

          Era ya tarde. Sólo deseaba llegar a casa, encender la calefacción y tomarme una copa de vino. Abrí la última botella que Félix me regaló antes de morir. Él siempre creyó que la vida no era eterna. Nunca dejó de disfrutarla ni un solo instante. Yo siempre le admiré y más cuando llegando a puerto desde la cabina del barco me saludaba. Parecía un héroe griego. Más de una vez me tocó esperarle en el muelle. Lo primero que hacía era regalarme dos cartones de Camel corto. El resto, como era habitual, ya lo habían descargado las planeadoras. Eran tiempos en que la droga aún no había llegado a las rías gallegas. Eran tiempos de contrabando de café, de toallas y sobre todo de tabaco. Era una España en blanco y negro donde los pequeños detalles solían ser importantes. Fueron tiempos difíciles, pero en los que la caballerosidad y la fidelidad eran valores que se apreciaban en su justo valor. Félix era un hombre de Falange. Nunca fue franquista y se peleó siempre con los hedillistas. Nunca se acercó a los de Blas Piñar y menos a los de Sánchez Covisa. Él era un hombre de principios de los que ya no existen. Nunca deseó ser otra cosa que el mejor patrón de la costa gallega. Se conocía toda la costa atlántica y cantábrica desde Sagres hasta el cabo de Higuer. Era un hombre respetado y de palabra. Nunca dejó a deber nada a nadie y nunca dejó que nadie empañara su honor. Él sólo cometía faltas administrativas y no penales, cuya sanción era una multa. Eso era algo que le gustaba aclarar al menos en aquellos años. Siempre que podía contaba la historia de João, un amigo suyo portugués, que tuvo la desgracia de que le apresaran con un cargamento de tabaco justo el mismo día que murió Franco. Al declararse luto nacional se cerraron los centros oficiales durante varios días y acabó entre rejas al no haber quien que le impusiera la sanción administrativa. Eran tiempos de cambalache y de tango. Eran esos tiempos que cantaba Carlos Cano en María la Portuguesa. Eran días de vino amargo, de copla y de gente de palabra.

          Yo sé que Félix no era un hombre muy fiel, pero sí sabía que nunca se había enamorado de ninguna otra mujer. Él amaba ciegamente a su esposa Lucia, pero le gustaban en demasía las faldas. Siempre fue cuidadoso y nunca hizo ostentación de sus conquistas. Era un caballero. El problema surgió cuando cometió la torpeza de enredarse con una de las mejores amigas de su mujer. Ésta procuró que Lucía se enterara. Su intención era que Félix se quedara con ella y abandonara a Lucia, pero no le conocía tan bien como ella pensaba. Si consiguió que se divorciara, pero también logró que nunca más la volviera a procurar ni a dirigir la palabra. Esta situación, no prevista por nadie, acarreó a Félix una serie de complicaciones, ya que todos los bienes estaban a nombre de su mujer. Ella asesorada por un buen abogado Pontevedra le dejó en la calle y con lo puesto. Sólo arropado por las estrellas. Lo bueno es que como ayudó a muchos propietarios de bares y restaurantes a levantar sus negocios su crédito no tenía límite. Se instaló en una confortable habitación de un buen hotel, propiedad de un buen amigo. Félix cuando pasábamos por delante de la puerta me decía si te alojas aquí algún día ten cuidado. Este hotel aunque no te lo creas no se construyó con ladrillos sino con millares de cartones de tabaco. Era duro pasar de llevar un fajo de billetes de cinco mil pesetas en el bolsillo a no llevar nada. Esa misma noche lleno de orujo se puso a conversar con la cocinera del Marineiro. Tras una larga madrugada escuchando canciones de Amancio Prada y trasegándose el excelente orujo del dueño firmaron entre fogones su unión. Así, de esa forma, nació su verdadera historia de amor. Esa que, en verdad, le hizo de veras muy feliz.

            Al día siguiente, Félix, fue a visitar a Evelio, su mejor amigo y socio. Entre nécoras y almejas de Carril esbozaron lo que iba a ser su principal negocio durante los próximos años. Era el momento de dar un giro y buscar alternativas. Era hora de decir adiós al tabaco, que cada vez tenía menos margen. Llegaban nuevos tiempos, eran tiempos de mercar cocaína.

            Los patrones de la ría se reunieron una noche a finales de octubre en Cambados. Abrieron unas botellas de Ribeiro para acompañar unos percebes de Cedeira, mientras decidían lo mejor para sus intereses. Algunos no querían correr riesgos y estaban ya mayores y tenían suficiente dinero para vivir varias vidas. En los ochenta ciertos grupos políticos y asociaciones profesionales, presionaron al Gobierno para que cambiase la tipificación del contrabando de tabaco. Pasó de ser falta a delito. Esto hizo que muchos contrabandistas dejaran el tabaco. A qué seguir exponiéndose, cuando los riesgos que iban a correr eran parejos, pero no sus ganancias. Sus voces, al menos aquella larguísima noche, no fueron estruendosas, sino más bien amigables. Casi todos estuvieron de acuerdo. Era el momento de cambiar una mercancía por otra que tenía más mercado y casi con el mismo riego. Desde la cocina el aroma de la raya llegaba al comedor y justo antes de que el cocinero trajera la perola, se estrecharon las manos. Así comenzó un nuevo tiempo en que todos se siguieron respetando, ya que había negocio para todos.

            Llegué en diciembre a O´Grove y Félix me dejó, como era su costumbre, dos cartones de Camel en la puerta de mi habitación del hostal. Dentro había una nota invitándome a comer a las dos en punto en el Marineiro. Llegué puntual y me pasaron a un privado. Al rato apareció Félix con su amigable sonrisa.

            – ¿Cómo le va al resucitado de la ría?

            –  Bien le contesté. No tan joven como tú, pero ahí lo llevo.

            – Llegaste ayer por la noche ¿no? –me preguntó con sus sorna gallega cuando bien sabía hasta la hora exacta en que llegué.

            – Sí. Era muy tarde por eso no te busqué. Venía cansado, fueron cerca de doce horas conduciendo desde Madrid.

            – Te he dicho mil veces que te vengas en tren. Aquí tienes coche. Yo te recojo en Vigo o mando por ti. Sólo llámame.

            – De acuerdo –contesté y proseguí –ya lo sé, pero se me hace mucho más cómodo salir del trabajo montarme en el coche y venirme para acá

            – Como tú quieras.

            Se hizo un gran silencio. Yo sabía que Félix me quería como a un hijo. Tuvimos empatía desde que nos vimos por primera vez en los años setenta. Yo trabajaba en un periódico y quería emular a los grandes escritores. Deseaba convertirme en un gran reportero y conseguir grandes primicias para así alcanzar un cierto renombre que me permitiese vivir de lo que escribiese. Eso era lo que hubiese gustado alcanzar. A veces uno propone, pero Dios siempre es el que dispone.

            Me acuerdo como si fuera ayer. Llegué a O’Grove por la mañana. Hacía poco que había muerto Franco. Me instalé en un hostal al lado de la ría y bajé a desayunar. Allí le vi por primera vez. Desaliñado y con su eterno cigarrillo en la comisura de la boca. No paraba de sonreír y de hablar con todos los parroquianos del bar. Era alguien con ángel. No pasaba desapercibido. Muchos le odiaban, pero eran más los que le querían. Él nunca dejó de saludar ni a unos ni a otros. Se acercó a mí y me preguntó:

            – Creo que eso que fumas no sabe tan bueno como éste que yo fumo. Apágalo y prueba uno de éstos.

            Observé su azulado precinto. Era americano auténtico. Abrí el paquete y encendí uno. En verdad ni punto de comparación. Pegué una calada profunda y me tragué el humo, cosa que no hacia habitualmente. El sólo me observaba y sonrió.

            – Hay o no hay diferencia

            – Mucha –le contesté

            – ¿Qué haces por acá tan lejos de casa? –me preguntó con cierta sorna.

            Cándido de mí le comenté, sin saber quién era, que intentaba hacer un reportaje sobre el contrabando de tabaco en la rías. Sonrió y me dijo que me podía ayudar. Yo era un joven muy confiado. Quedé con él en vernos en el puerto al día siguiente. Entonces me diría cómo, dónde y cuándo se hacía la entrega y el desembarco. Me levanté a las cinco y me encaminé al embarcadero. Allí me estaba esperando junto con su tripulación. Subí al barco y a menos de media milla sin esperármelo me lanzaron por la borda a la ría. Desde las frías aguas, observé atónito como el barco se alejaba a toda máquina. Sentí que era mi final. Cuando vi que viraba la embarcación pensé que venían a rematarme. Pasé miedo, pero al verle sonreír me calmé. Me agarró de la cazadora y me izó como si no pesase nada.

            – Eso les pasa a los curiosos –me espetó riéndose. Sonreí y desde ese momento comenzó nuestra amistad.

            La voz del camarero me regresó a la realidad.

            – ¿Le sirvo más vino?

            – Sí, por favor –contesté.

            – Dónde estabas resucitado –me preguntó Félix.

            – Recordaba como nos hicimos amigos, ya hace más de veinte años.

            – Sí exactamente veinte años, diez meses y veinte días –apuntó Félix riendo

            – Cómo llevas la cuenta.

            – Cómo no. Nunca había tirado a un periodista a la ría. Fuiste el primero y el único.

            Me quise reír, pero no pude. Recordé las frías aguas y sentí que ese día nací de nuevo.

            – ¿Cómo va eso del periodismo? –me preguntó Félix

            – Ya sabes que lo dejé hace tiempo –le contesté –ahora me dedico a desasnar hormonados.

            – Jajá siempre tan ocurrente.

            – No, es la verdad. No hay quien aguante a estos jóvenes. Creo que ni en sus casas los soportan ya. Les dejan que se atonten con los videojuegos de los ordenadores desde pequeños. Cuando crecen les dejan que se vuelvan sordos con esa música tan estridente que escuchan. Así quedan alelados y sordos. Sé que no es mi problema. Dios en su infinita inteligencia no quiso que fuera padre, al menos hasta el momento o al menos ninguna de mis novias me vino pidiendo responsabilidades.

            – Jajá. Quién osaría con ese genio que Dios te dio.

            – En eso te doy la razón, aunque creo que andamos a la par – Félix agarró la botella de vino y me sirvió –Seguimos con Ribeiro o pedimos un Albariño.

            – Por mí ya sabes no tengo preferencias por alguno en particular, pero tú decide. Siempre confié en tu excelso conocimiento de las bodegas de tu tierra.

            Noté que Félix ya no era el mismo de antes. Parecía como si los años se le hubieran caído encima de golpe. A veces llegué a pensar que su compañera le robó la juventud, pero creo que quién se la arrebató fue su arriesgado trasegar. Así como las zozobras al descargar la mercancía. Él tenía en su nómina a policías, fiscales, jueces y políticos, pero siempre algún imprevisto podía acontecer. Su oficio no sólo dependía del estado de la mar, sino también de los hombres. Y estos siempre eran menos predecibles que la mar. Félix no paraba de toser y eso me preocupaba.

            – Has ido a que te miren esa tos.

            – Sí ya fui, pero me dijeron que tenía que dejar de follar, pero eso si que no sé cómo dejarlo.

            – No creo que no sepas, si no fuera por lo que tomas ni se te levantaba.

            – Tú que sabrás –me contestó –las ostras y los percebes son la viagra de la ría.

            – Ya sé, pero con estos temporales muchos días ni los catas jajá.

            – Hablando en serio. Tengo un cáncer con metástasis, por eso te hice venir. No creo que llegue a Navidades, pero quería verte y despedirme de ti.

            – Tú siempre has sido el patrón más fuerte y esquivo de todas las rías bajas. Nada pudo contigo ni la cárcel ni tu primera mujer que esa si te tuvo, pero que bien cogido de los tanates – notaba como se me estaba haciendo un nudo en la garganta y cómo se me quebraba la voz.

            – Ni me lo recuerdes -prosiguió tras un largo silencio -, pero esta vez mi querido amigo no la libro. Quisiera que un día contaras lo que yo hice. Ser un personaje de una novela tuya. Me gustaría hasta que usarás mi verdadero nombre. A quién le importará a qué me dediqué y porqué lo hice. Creo que a nadie ni a mis hijos.

            – Félix eso haré te lo prometo.

            Le miré a los ojos y noté que aceptaba la muerte con resignación, que no tenía miedo y que estaba preparado y en paz con el Creador. Siempre tuvo una fuerte convicción religiosa, nunca dejó de ir a misa y de ir a conversar con don Jonás el párroco. Félix fue el que arregló los tejados de la iglesia, puso los suelos de madera, la calefacción y los deshumidificadores. Don Jonás siempre decía santiguándose este hombre tiene sujeto con una mano a Dios y con la otra al diablo. Así era Félix un hombre bueno que transaba con algo que ahora no está bien visto, pero que a primeros de siglo veinte lo vendían en las farmacias e incluso algunas grandes personalidades como Freud las consumía. Tal vez dentro de unos años ocurra como sucedió con ley Seca que, al final, los gobiernos la autoricen y sólo lo recordemos cuando veamos alguna película.

            – Me muero, quiero que cuides de Maru. Ella no sabe hacer nada, sólo cocinar y gastar. Quiero que te ocupes de mis negocios legales, los otros los llevará mi segundo. Yo ya le enseñé y los otros patrones le dieron la aprobación. Eso liberó a mi hijo que ya sabes que no vale para nada y menos para esto. Tú tendrás un sueldo que te lo pagará la empresa de Maru y mi porcentaje del negocio se lo ingresaran a ella en Gibraltar, ya sabe dónde y cómo transferirlo. Además con sus tarjetas offshore no podrán rastrear el dinero. No me mires con esa cara. No admito un no como respuesta. Maru fue para ti como una madre cuando te quedaste sólo en el mundo ¿quién mejor que tú para que la cuides?

            La cena terminó tarde. El alcohol nos salía por las orejas. Nos convenía llenar el estomago antes de irnos a dormir. Nos acercamos a Villagarcía a desayunamos una raya como en los viejos tiempos. Ni con esas conseguimos rebajar el alcohol. Me fui para el Hotel y al día siguiente me vinieron a avisar. Félix murió al amanecer abrazado a su Maru.

            El médico lo dejó en un paro cardiaco. Le enterraron al día siguiente. Maru y yo regresamos juntos a casa y durante la cena le conté lo que Félix me pidió. Ella me abrazó y no paró de llorar hasta que se durmió. La arropé con una manta en el sofá y me regresé al hotel.

            Los días pasaron rápido y decidí regresar a Madrid. Maru dejó la cocina y su pueblo. Se instaló en la costa del Sol y allí espera ese día en que pueda volver a reencontrase con su Félix.

            Me eché en el vaso lo que quedaba en la botella y brindé por mí amigo Félix que no fue un hombre al uso. Dicen que con su negocio provocó muchas muertes, pero la verdad nunca traficó con heroína que fue la responsable que murieran muchos jóvenes. Dejando a parte sus negocios, sí puedo decir que Félix siempre fue un caballero y que nunca dejó a ninguno de sus hombres ni a sus familias tiradas. No tuvo hijos propios salvo el de Maru, pero me tuvo a mí que fui algo más que el hijo que nunca pudo tener.

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